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Empleo y Formación
Alta satisfacción por programas Galeuropa e Iniciativa Xove
El mayor paro juvenil tras la COVD aconsejar priorizar también educación no formal y empleabilidad

    


La vuelta a tasas superiores al 40% en el paro juvenil tras la COVID 19, con sus consiguientes secuelas de mayor temporalidad y precariedad en el empleo, aconseja priorizar también los programas de educación no formal y empleabilidad. Así lo indica una tesis doctoral leída en a Universidade de Santiago de Compostela, que analiza los resultados de los programas regionales Galeuropa e Iniciativa Xove, que han tenido alta satisfacción y en algunos casos redujeron el desempleo a un tercio.

El objetivo de esta Tesis Doctoral, titulada Educación no formal y empleabilidad de la juventud. Algunas evidencias desde el análisis de dos programasfue estudiar el alcance estratégico de la formación del capital humano que adquieren los jóvenes en acciones de educación no formal, considerando los hallazgos que vinculan tal participación con gradientes de empleabilidad.

Para ello, analizzó los programas Galeuropa, de movilidad internacional, e Iniciativa Xove, de emprendimiento social, diseñados y gestionados por la Comunidad Autónoma de Galicia, siguiendo un enfoque cuantitativo a partir de cuestionarios. Entre las principales conclusiones destaca la exigencia de promover la educación no formal como un importante activo social para la juventud, promoviendo mayores oportunidades de empleo y cotas de participación social.

La autora de la investigación, Ana Vázquez Rodríguez, dirigida por  Miguel Anxo Santos Rego, indica en sus conclusiones que estamos ante una realidad en la que sobresale la necesidad de explorar estrategias formativas que puedan ayudar a la mejora efectiva de la empleabilidad de la juventud. Sin duda, el desempleo juvenil en Europa y, especialmente en España, es un grave problema social, que repercute en una serie encadenada de variables en la estructura de desarrollo individual y colectiva.

Su impacto en los jóvenes se traduce en una incertidumbre laboral casi endémica, toda vez que los magros indicadores de empleo en este sector son sinónimos de temporalidad y precariedad, sin que parezca fácil encontrar el oportuno antídoto que resuelva o, al menos, palíe sus nefastas consecuencias para las personas y las comunidades.

La deriva empeora con la debacle económica que está dejando la pandemia del COVID- 19, en la que la juventud se ve afectada seriamente. Un dato ilustrativo al respecto es que, al cierre de nuestro estudio, la tasa de paro entre los menores de 25 años ha superado ya el 40%, situándose en cifras equivalentes a los momentos más oscuros de la ‘Gran Recesión’. Tenemos por delante múltiples desafíos y contratiempos. Además, es en una época de apreciable ‘modernidad líquida’ cuando afrontar la empleabilidad significa abordar un constructo en cuyo núcleo se encuentra la búsqueda de jóvenes capaces de dar respuesta a lo imprevisible o, dicho de otro modo, a la gestión del cambio que buscamos.



Fuera de otras implicaciones de carácter ético y/o moral, la realización de jóvenes resilientes en el mundo que los rodea, implica una perspectiva del aprendizaje que aprovecha el conjunto de los contextos educativos −formales, no formales e informales− como brújula orientadora ante las turbulencias actuales en la sociedad y la economía. Lo que es claro es que tal filosofía no puede materializarse sin un giro sustantivo en la concepción del aprendizaje, empujándola en orientación epistemológica que tenga en cuenta la experiencia y la reflexión como leitmotiv del proceso educativo.

Se trata, valga la redundancia, de un cambio de perspectiva en la episteme y praxis de la educación, que lleva aparejada la necesidad de contemplar el estudio de otros escenarios para el aprendizaje de los educandos, más allá de los hegemónicamente establecidos. Tal es el caso de los procesos de aprendizaje no formal que, recogiendo las necesidades e intereses de una población juvenil diversa, pueden promover su empleabilidad en tiempos de complejidad e incertidumbre.



Tomando como punto de partida el encaje de las mentadas piezas en el recorrido educativo, el propósito del estudio no ha sido otro que el de analizar el verdadero alcance de la formación del capital humano que adquieren los jóvenes en los programas de educación no formal Galeuropa, de movilidad internacional, e Iniciativa Xove, de emprendimiento social, considerando los hallazgos que vinculan tal participación con indicadores de empleabilidad en la sociedad actual. Creemos que lo que esta investigación ha puesto de manifiesto es la importancia de la educación no formal como estrategia que contribuye a maximizar las opciones profesionales de la juventud y que potencia su desarrollo como ciudadanos en una sociedad del conocimiento. Razón suficiente para dar cuenta de aquellos resultados que tenemos por más sugerentes, a la luz del nexo que anuncian entre participación en educación no formal y mejora en la perspectiva de empleo para los jóvenes.


Comenzando por lo más granado de nuestro estudio, parece que son los jóvenes más formados los que en mayor medida se aproximan a las acciones de educación no formal, si bien los detalles que se esconden tras esos niveles de implicación reportan inquietudes de naturaleza diversa. Si en Galeuropa participan con el firme compromiso de lograr experiencia profesional en los márgenes de un escenario internacional y globalizado, en Iniciativa Xove la intención es sumergirse en un genuino ‘laboratorio de experiencias’ en el que mostrar sus actitudes de emprendedores sociales. Lo que no debemos confundir, empero, es el patrón común al que responde su implicación y que dibuja las difíciles coordenadas profesionales a las que se enfrentan hoy en día tantos jóvenes.

En ese sentido, la aspiración hacia ‘experiencias de vida’ que posibiliten el desarrollo de competencias para la empleabilidad se representa, a menudo, como la única salida a través de la cual romper con el ciclo de desempleo y exclusión social al que se ven frecuentemente sometidos. No dejan de ser llamativos los hallazgos en torno a su situación previa, que ilustran la mayoritaria condición de desempleado y/o estudiante por la que pasan buena parte de los jóvenes, a veces durante un tiempo prolongado, hasta que consiguen acceder a un puesto de trabajo. Con todo, un dato sorprendente que ha revelado el nivel de estudios de sus familias es que son jóvenes que no se caracterizan por su ‘selectividad social’, siendo una cualidad que representa, en mayor medida, al grupo control de la investigación. Se trata de una cuestión sobre la que conviene prestar atención, ya que han sido numerosos los trabajos que han apuntado al perfil socioeconómico como factor de estudio a propósito del capital humano y la empleabilidad de la juventud.

Lo que podemos inferir, sin embargo, de los hallazgos es que, por encima de su capital cultural, estos jóvenes se ven atraídos por tales oportunidades educativas, merced a las posibilidades que ofrecen para su desarrollo ante tanta incertidumbre laboral. Ese énfasis se ve avalado por determinadas posiciones tras participar en los programas, donde se advierte que, entre los que todavía se encontraban desempleados, tal situación los anima a implicarse en procesos de mejora de su capital personal mediante la búsqueda activa de empleo, de prácticas profesionales o de la continuación de sus opciones formativas.

Tampoco hemos de dejar de lado el contraste de estos datos con los referidos al grupo control de la investigación. Es ahí donde se reitera un compromiso con la mejora de su empleabilidad y, en definitiva, con el logro de un futuro profesional más despejado. Atendiendo ahora a lo que sucede con posterioridad a las actuaciones educativas, un hallazgo a considerar es la amplia inserción de los participantes en sectores de alta cualificación, en consonancia con una sociedad del conocimiento. Es lo que se destaca sobremanera, en Iniciativa Xove, cuya incorporación remite a ocupaciones que permiten el desarrollo y manejo de sus competencias como líderes en el ámbito del emprendimiento. Los datos no son tan prometedores en Galeuropa, donde se advierte una importante presencia de actividades económicas que corresponderían a sectores de baja o media cualificación.

Desde luego, que estas sean las fuentes de empleo principales para muchos jóvenes es algo que apenas extraña, y menos si sometemos a análisis la estructura sectorial presente en la economía española. En ella, el mayor peso del sector servicios y concretamente, de la hostelería, hacen que la población joven termine por desempeñar ocupaciones que poco o nada tienen que ver con su capacitación inicial, con frecuencia expuestos a situaciones de sobrecualificación. Sin olvidar lo que ello supone en el marco de los salarios, motivaciones, satisfacciones y, por añadidura, en sus aspiraciones vitales.

Dicho esto, cabría argumentar que trabajar en pos de una mejor empleabilidad entre la juventud apenas sirve si no se acompaña de un buen punto de arranque, esto es, una situación de empleo más estable y de mayor calidad, que pueda acompañar, con garantías, el futuro profesional. Y esto pasa por regulaciones laborales que protejan mínimos de equidad y justicia ante una coyuntura de continua precariedad. Por otra parte, una aportación interesante en cuanto a la incidencia de la movilidad tiene que ver con la amplia ocupación de los participantes en Galeuropa en el extranjero.

Buscando explicación al dato, lo razonable sería pensar que han adquirido un ‘capital transnacional’ susceptible de promover capacidades y redes de contactos para la entrada en el mercado de trabajo internacional. Pero la realidad aconseja ir más allá, pues el creciente interés por este escenario laboral tal vez se deba a las mayores oportunidades profesionales en comparación con las encontradas en su país. No es descabellado sostener que el programa puede estar contribuyendo al fenómeno ‘fuga de cerebros’ (brain drain), susceptible de reducir el retorno de inversión en los países afectados. Uno de ellos es, inequívocamente, España. Con todo, lejos de ser un dato desolador para el futuro, este fenómeno podría ser de carácter transitorio.

La hipótesis principal al respecto es que buena parte de estos jóvenes estarían esperando a que la situación de sus países de origen mejore y poder regresar, cuestión sobre la que convendría mayor atención en futuros trabajos. De igual modo, una conclusión fehaciente sobre los participantes en educación no formal es su manifiesta preocupación por la gestión de su carrera profesional. En este caso, los datos revelan que los programas son, en sí mismos, un incentivo importante para la participación, toda vez que les permiten desarrollar competencias valiosas en un contexto similar al del puesto de trabajo que les gustaría ejercer en un futuro. Pero no solo eso. Desde la óptica de estos jóvenes, tales actividades serían de máxima utilidad a la hora de acceder al mundo profesional, lo cual se refleja en una recurrente alusión a la implicación en este tipo de iniciativas cuando se convocan pruebas de selección de personal para distintos sectores. En esa línea, se estaría dando soporte a la tesis de Brown y Hesketh (2004) y su referencia a la educación no formal como ‘estrategia posicional’ que podría marcar diferencias en el mundo laboral.

Ahora y aquí, la transición al empleo ya no depende en exclusiva de la cualificación alcanzada. Importan también los indicadores que apelan a conocimientos, competencias y experiencias que el candidato pueda demostrar ante potenciales empleadores, a modo de ‘factor de distinción’ entre iguales. Se trata, en definitiva, de la constatación de una tesis en la que asoma la significación del capital personal de la juventud para cuestiones de empleo.

Tal vez la razón que subyace a la empleabilidad tras esa implicación, junto con la alta conexión de las experiencias con sus intereses y necesidades, sea el resultado de que los jóvenes manifiesten un alto grado de satisfacción con los programas de educación no formal analizados. Sin embargo, no conviene desdeñar el impacto de estas actuaciones en el despliegue de competencias cívico-sociales promotoras de justicia social, desarrollo intercultural, equidad o sostenibilidad comunitaria en una sociedad de corte liberal en lo económico. En este sentido, el alto grado de satisfacción de los participantes en las acciones formativas, anima a seguir emprendiendo, en la esfera pública y privada, experiencias vitales que abunden en el compromiso de los jóvenes como ciudadanos dignos de democracias avanzadas.

Con todo, una de las contribuciones más reseñables de la investigación, es el reconocimiento del mayor capital humano, medido en términos de competencias genéricas, de aquellos que participan en educación no formal, lo que acaba por diferenciarlos de quienes no cuentan con ese aval experiencial, incluso cuando estos últimos hayan podido demostrar un capital cultural superior. Así, lo que se advierte es su mayor nivel de proactividad y adaptabilidad personal, competencia intercultural y liderazgo, cualidades que pueden incidir en su orientación profesional. Y ello podría revelar un mayor potencial en el marco de una economía del conocimiento.

Pero nuestro estudio también ha tratado de sondear un patrón competencial en cada actuación formativa. Los hallazgos indican que los involucrados en Galeuropa disponen de competencias muy apreciables en adaptabilidad a otros ambientes culturales, inteligencia emocional o capacidad para trabajar en equipo. Son capacidades que, no lo olvidemos, mencionan los empleadores en un mundo laboral que valora el concurso de personas procedentes de otras latitudes. En este caso, la sorpresa ha sido Iniciativa Xove, cuyos participantes se han distinguido, de modo exclusivo, por la capacidad para coordinar un grupo de personas. Recordemos, además, que son ellos los que mayor grado de inserción presentan en sectores de alta cualificación. Se trata de una cuestión que sugiere la necesidad de seguir profundizando en el análisis del perfil competencial entre los implicados en el programa. Por decirlo en pocas palabras, lo que hemos encontrado es que estar en disposición de determinadas competencias puede asociarse a factores que predicen la empleabilidad.

De una parte, lo que observamos en Galeuropa es que las competencias interculturales se vinculan con una positiva gestión de la carrera profesional, lo que invita de nuevo a evaluar el extraordinario capital transnacional que adquieren los interesados durante las acciones de movilidad, revelando, además, su enorme potencial educativo en la vida de los jóvenes. En ese sentido, las competencias de tal marchamo cultural promueven una actuación efectiva en contextos de referencia global.

De otra parte, lo que hemos comprobado en Iniciativa Xove es que las competencias orientadas a la proactividad y adaptabilidad personales, junto con el liderazgo, se relacionan con su mayor nivel de capital social. Sabemos del considerable impacto que llegan a tener los contactos personales en acciones de emprendimiento, llegando en ocasiones a condicionar el éxito de la actividad. A ello podría ayudar también la influencia del apoyo emocional de las redes personales del sujeto durante el proceso, máxime si los incentivos públicos se muestran ineficientes. El estudio apoya la idea del capital social como un pilar en la transición al mercado de trabajo de la juventud

El vínculo entre educación no formal y empleabilidad de la juventud tiene su colofón cuando comparamos la situación de los jóvenes antes y después de su participación en los programas. Los resultados del trabajo ponen de manifiesto la enorme importancia de la educación no formal ante el desafío de reducir el desempleo de los jóvenes. Podríamos considerarla un soporte de empleabilidad en una era de incertidumbre. Naturalmente, después de realizar esta investigación abundamos en nuestra posición de que los buenos programas de educación no formal afectan significativamente a la vida de los jóvenes por medio de competencias, destrezas y valores que elevan sus niveles de empleabilidad, lo cual contribuye a la mejora de su inclusión en corrientes de participación comunitaria y de capital social y cultural. De ahí la conveniencia de promover este tipo de acciones educativas entre estudiantes y egresados pues lo que interesa es propulsar una bildung de renovados ejes formativos.

Con todo, la existencia de un buen número de interrogantes sobrevenidos en la dinámica de investigación aconseja la identificación de limitaciones a tener presentes, por descontado, en futuras indagaciones temáticas.


Toda investigación pedagógica es susceptible de mejora y esta, naturalmente, no es una excepción. Comencemos apuntando, como aspecto optimizable, el reto que supone la elaboración de un marco científico consistente pensando en responder suficientemente al eje educación no formal y empleabilidad de la juventud, máxime cuando se trata de un ámbito en plena construcción científica. Puesto que se trata de un tema relevante en el mundo laboral, un modelo conveniente para su estudio podría ser el de la ‘empleabilidad percibida’ (Rothwell & Arnold, 2007; Rothwell et al., 2008) y, además, permitiría un abordaje de mayor profundidad al respecto. Pero somos conscientes, así mismo, de otras limitaciones de carácter metodológico que sugieren aspectos concernientes al diseño y planteamiento del estudio. A propósito de esta cuestión, una de las principales tiene que ver con el hecho de hacer cuestionarios en relación con los objetivos de la investigación. Sabemos que la utilización exclusiva de instrumentos de carácter cuantitativo puede marginar otros aportes cualitativos que, mediante entrevistas o grupos de discusión con sus directos protagonistas, podrían enriquecer la información y abrir potenciales líneas para la etapa posdoctoral. En cualquier caso, el desarrollo de la investigación planteada no ha facilitado la oportuna triangulación de los instrumentos.



A la anterior, debemos añadir el problemático acceso a quienes habían participado en programas de educación no formal. No hemos podido disponer de una mayor muestra, sobre todo en lo relativo a las últimas convocatorias de los programas, por cuestiones atribuidas a la protección de datos de carácter personal y su gestión con los responsables en la esfera pública. Una potencial solución podría venir dada por una gama de acuerdos entre la Administración y grupos de investigación solventes, a fin de justificar la pertinencia de la financiación de estas estrategias por las instituciones públicas de distinto signo.

Otra de las carencias en el estudio ha sido la de no poder contar con la perspectiva de otros agentes implicados en el proceso de transición de la juventud al mercado de trabajo. Necesitamos sacar más partido investigador a la óptica de los empleadores, ya que puede arrojar luz sobre si la creciente empleabilidad entre los participantes en educación no formal responde a razones de ‘señalización’ o, por el contrario, a factores asociados a su capital humano o social.

Y ya para terminar con los inconvenientes, tampoco hemos podido realizar un estudio de carácter longitudinal, mediante un seguimiento del empleo de los jóvenes participantes en las acciones de educación no formal. Tal vez en el porvenir haya que profundizar en aspectos cuyo centro neurálgico sea la calidad y estabilidad del empleo como el tipo de contrato, la duración, la satisfacción laboral, el salario, o el sector profesional. Al menos, podríamos salir de dudas sobre la persistencia, o no, de la precariedad y la temporalidad en el empleo de estos jóvenes. No obstante lo anterior, el análisis realizado sobre los retos que presenta la transición al mundo del trabajo de la juventud junto con las amplias posibilidades que ofrecen los procesos de educación no formal para potenciar su empleabilidad, nos ha permitido abundar en una serie de propuestas de mejora, algunas de ellas de inequívoco marchamo académico y social. Ahora bien, no hemos de concebirlas como soluciones únicas, sino como aspectos susceptibles de ser considerados en la labor científica, la agenda política, o en otras iniciativas sociales.

Por lo tanto, si reparamos en las oportunidades para el trabajo que pueden canalizarse a modo de propuestas, reiteramos la magnífica labor de los programas de educación no formal y del conjunto de agentes implicados (actuación de coordinadores, voluntarios, responsables públicos, …) en el logro de gradientes de empleabilidad y democracia inclusiva en una sociedad global. Sin la puesta en marcha de estas ‘experiencias vitales’ sería imposible calibrar los cambios efectivos que se dan, actitudinal y conductualmente, en no pocos jóvenes.

Estamos, pues, ante un importante activo social. De ahí la necesidad de más apoyo desde las políticas públicas, a fin de elevar su impacto en el desarrollo de la población joven. Hay que proporcionar soporte a estas acciones dotándolas de recursos materiales, pero también mediante profesionales de la educación preparados para la mejora permanente de estos programas, haciendo más robustos sus efectos en la mejora de la participación social y la empleabilidad. Nuestra propuesta difícilmente será materializable si no avanzamos hacia una verdadera política de juventud intersectorial, que abarque todas las áreas que afectan a su desarrollo personal y profesional (empleo, educación, participación social, entre otros). Sin la cooperación de los agentes públicos y sin la evaluación meditada o la reorientación de muchas medidas implementadas en juventud −como ocurre en el aclamado Sistema de Garantía Juvenil− no podremos afrontar adecuadamente la problemática del desempleo en el escenario europeo y nacional. En el marco de las políticas públicas, los hallazgos presentados son razón suficiente para estimar la educación no formal como una potencial ‘política activa de empleo’ en la juventud. Entre otras cosas, por el desarrollo de competencias y la transferencia de conocimiento que puede desarrollar en amplios sectores económicos, culturales y educativos.

Desde luego, en el eje de la propuesta se integra la necesidad de que sean los propios jóvenes quienes consideren a la educación no formal como una oportunidad educativa sobresaliente en su crecimiento personal y profesional. Se trata, pues, de un cambio cultural sobre la perspectiva que prevalece en el aprendizaje y que, en buena medida, responde a la exigencia de percibir la utilidad de la educación ‘extramuros’, sin desdeñar la que ofrecen escuelas y universidades.

Así pues, ha de promoverse la orientación laboral dentro y fuera del sistema educativo como cauce de actuación clave en la empleabilidad de la juventud. En ese sentido, a pesar de la valoración que hacen los empleadores de la educación no formal, lo que encontramos es que muchos jóvenes desconocen las posibilidades que de ahí se derivan para su desarrollo personal y para su inserción laboral. Así, uno de los desafíos para los investigadores en educación no es otro que el despliegue de procedimientos exhaustivos y rigurosos de validación de tales procesos, que den cuenta de la experiencia adquirida en términos de conocimientos y/o destrezas transferibles a un determinado ámbito de actividad. Por más que estas propuestas contengan o apunten cambios en la filosofía de la educación, uno de los retos que proyectan las páginas de este trabajo es el de conseguir una transición al mercado de trabajo por parte de los jóvenes que resulte más justa y equitativa.

Desafortunadamente, tenemos datos que no invitan al optimismo, pues son muchos los jóvenes en situación de exclusión social, o en riesgo de estarlo. Han sido muchas las expectativas de mejora y también las decepciones en una ruta de bienestar que creíamos imparable. Hemos de retomar bastante premisas si ansiamos avances sostenibles en los próximos años. Y es ahí donde cobra más importancia que nunca entender la empleabilidad como un constructo que no solo potencia las opciones profesionales, sino que además pone la atención sobre la capacidad de respuesta ante los retos que supone una sociedad que crece en complejidad. Hemos de prepararnos para el afrontamiento del porvenir y de las incertezas en una manifiesta ‘sociedad líquida’. Estamos, si acaso, ante una fase crítica del desarrollo mundial y la juventud ha de ser protagonista del cambio mediante un grado de compromiso que alcance la posibilidad de respuestas mancomunadas ante los desafíos que ya están ahí. Pero si tales retos solo los afrontan aquellos que gozan de suficientes posibilidades (capital humano y social), estaríamos socavando un pilar fundamental de las sociedades modernas, esto es, la equidad. Aun contando con niveles preocupantes de inestabilidad social, la educación no formal ofrece posibilidades de mayor inclusión igualitaria de los jóvenes en sus comunidades y de hacer que la empleabilidad se represente en ellos y ellas como una oportunidad de mejorar conocimientos, destrezas y redes personales. Terminamos. El afán que ha presidido nuestro estudio ha sido el de estudiar la educación no formal como cauce de integración de la juventud, al tiempo que estrategia para abundar en la maduración personal y profesional, la interacción social, la reflexión acerca del mundo, sin bloquear la búsqueda de respuestas alternativas y la apertura hacia nuevas ideas.

Seguiremos atentos en la investigación educativa a lo que aún puede quedar por descubrir siguiendo la pista de indagación que hemos procurado, o abriendo otras, para saber algo más sobre el vínculo entre educación no formal y empleabilidad de la juventud en la complicada coyuntura que transitamos.







 
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