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Empresas y RSC
Pese a los cambios o mejoras en la gobernanza según la CNMV
Los beneficios del Ibex 35 se contraen un 3,20%.y la nueva prioridad mundial a la RSC no se nota

    


Las empresas del Ibex 35 han ganado 18.368 millones de euros hasta junio de este año, manteniendo la cifra de 18.401 millones de euros que ganaron las que pertenecían al selectivo el año pasado, de acuerdo a los balances financieros que han sido publicados en la Comisión Nacional del Mercado de Valores (CNMV). Pero si se tiene en cuenta la entrada de Ence en sustitución de Dia y la de MásMóvil en lugar de Técnicas Reunidas, los beneficios del Ibex 35 se han contraído en torno al 3,20%.

MásMóvil destaca como la compañía que más ha reducido su beneficio en el primer semestre del año en términos porcentuales, si se compara con el mismo periodo del año pasado, al perder 33,7 millones de euros, frente a los 36 millones de euros ganados a junio de 2018 debido al impacto de la compra del bono convertible de Providence, que no implica salida de caja.Además, Ence, que se unió a este grupo el pasado mes de diciembre, ha reducido un 50% su beneficio, hasta los 25 millones de euros.

De las 35 empresas que forman parte del índice, cuatro registraron ‘números rojos’ en el primer semestre del año. Junto a MasMovil, destacan ArcelorMittal (-30 millones), Ferrovial (-5,7 millones) y Cellnex (-488.000 euros).

Sin embargo, Ferrovial y Cellnex han conseguido reducir sus pérdidas, porque el año pasado la primera cerró el semestre en -72,3 millones de euros y la segunda en -30,8 millones.

Por otro lado, 15 empresas han anunciado una reducción de sus beneficios entre enero y junio de este año. En términos porcentuales, a la cabeza se encuentra CaixaBank (-52%), Ence (-50%), Acerinox (-49,7%), Merlin (-45,3%), IAG (-42%), Viscofan (-30,5%), Repsol (-26,7%), Meliá (-25,4%), Bankia (-22%), Acciona (-16%), Santander (-14%), Grifols (-10%), Indra (-8%), BBVA (-3,7%), Mapfre (-2,9%) y Enagas (-1,7%).

La responsabilidad social corporativa no se recupera pese a los cambios en la gobernanza y a las nuevas prioridades internacionales

Mientras ceden los beneficios de las grandes empresas españolas que afectan a sus accionistas o los inversores, otros indicadores de interés para los demás agentes interesados (trabajadores, acreedores, consumidores, contribuyentes y en general otros involucrados en la RSC), sigue bajo mínimos en España respecto a otros países, aun cuando la CNMV diga en su último informe que más del 80% de las cotizadas siguen sus normas de gobernanza y han mekorado al respecto. Según el Observatorio RSC, los programas electorales 2019 prestaron poco caso a la RSC, pese a que Fiscalidad, corrupción y derechos, ausentes en las memorias de RSC del IBEX 35 y todas las empresas del IBEX suspenden en derechos humanos y laborales, según el Observatorio RSC, mientras Competencia modera su rigor ante las grandes auditoras como Deloitte, PWC, EY y KPMG gracias a ICAC

Sin embargo, desde que Milton Friedman sentenciara en 1970 que la única misión de la empresa es, dentro de la ley y la regulación (cuanto menos mejor), el beneficio, la filosofía empresarial predominante se había olvidado de que hay otros propósitos no incompatibles con este, incluso dependientes de este, que van mucho más de eso que en tiempos más recientes se vino en llamar la Responsabilidad Social Corporativa (la RSC). Están surgiendo voces muy autorizadas reclamando un giro,  según dispone el artículo La empresa, más allá del beneficio.  Publicado porAndrés  Ortega  en El Periódico 

Una ha sido Colin Mayer, de la Escuela de Negocios Said de la Universidad de Oxford, con su influyente libro Prosperity, que ha recibido un apoyo abierto desde las páginas de ese templo del capitalismo que es el Financial Times. Sin empresas («una de las más notables innovaciones humanas», según Martin Wolf), este actual mundo no funcionaria. La filosofía empresarial predominante ha de rectificar ese rumbo friedmaniano, por razones humanas, sociales, económicas e incluso empresariales y de supervivencia. Es una reflexión en marcha, pero sin garantías de resultados, tras la sacudida de la crisis que empezó en 2008 y sus devastadoras consecuencias sociales.

Para Friedman, que una empresa buscara otra cosa que el beneficio, era «socialismo puro y no adulterado», y es lo que ha definido el capitalismo, especialmente el anglosajón, desde entones y sobre todo desde las desregulaciones de los años 80 del siglo pasado. Pero la friedmanía ha llegado a su extremo, a su paroxismo, no con la búsqueda del beneficio, sino con su maximización a toda costa, en provecho de los accionistas (muchos son fondos de inversión, incluidos de pensiones), y de las pagas para los gestores y consejos de administración. En el camino, se olvidaron otros propósitos (purpose en inglés) o finalidades. La empresa ha de velar por el provecho de sus accionistas, sí, pero también por los que comparten su quehacer y sus intereses, los stakeholders, desde los empleados a los consumidores de sus productos o servicios, las sociedades, el país y el mundo: los stakeholders frente a los shareholders (accionistas). La RSC está ya dando paso a una responsabilidad mucho más amplia: social,
medioambiental, y de gobernanza. Se acerca más a un concepto tan específicamente japonés como el de sampo-yoshi que implica que la empresa debe satisfacer y beneficiar a tres, al menos: al productor y vendedor, al comprador y a la sociedad en su conjunto. 

Es un tema que ha estado muy presente la semana pasada en el Foro Económico Mundial en Davos, donde incluso se habló de cómo la Cuarta Revolución Industrial debe llevar a una Cuarta Revolución Social (que puede desbloquear 3,7 billones de dólares de valor económico hasta 2025). Larry Fink, presidente de la gran inversora Blackrock (6,3 billones de dólares de activos), ya lo advirtió en su carta a sus accionistas y CEOs de las empresas en las que invierte, el año pasado, cuando abogó por una misión social de estas empresas que han de dedicar más atención a sus empleados y a la innovación. De nuevo en su misiva a principios de 2019, ha señalado que «el propósito unifica a los gestores, empleados y comunidades. Impulsa el comportamiento ético y crea un control esencial de las acciones que van en contra de los mejores intereses de los stakeholders. El propósito guía la cultura, proporciona un marco para la toma de decisiones coherentes y, en última instancia, ayuda a mantener los rendimientos financieros a largo plazo para los accionistas de la empresa». 

El beneficio es una pre-condición para algunos propósitos -por ejemplo para la independencia de un medio de comunicación, como este. Necesario, pero en ningún modo suficiente, sobre todo cuando hay una obsesión por su maximización a costa de otros elementos. «Hemos perdido la confianza en las corporaciones para cuidar de nuestros intereses», estima Mayer, para el cual restablecerla «es uno de los temas más importante de nuestro tiempo», pues «estamos en la frontera entre la creación y el cataclismo». El subtítulo de su libro es «mejores negocios hacen mayor bien». Mayer insiste en la idea de «propósitos», y pide que las empresas los declaren públicamente. Aunque, claro, si el beneficio es cuantificable, los buenos propósitos, mucho menos. Y ¿qué decir de los malos, pues también se dan? 

La izquierda debería tener una idea, una teoría de la empresa, más desarrollada. Y las empresas mirar a lo público con menos recelo, pues se aprovechan de ello. Dani Rodrik señala que «las empresas grandes y productivas tienen un papel crítico que desempeñar», pero deben reconocer que su éxito depende de los bienes públicos que sus gobiernos nacionales y subnacionales suministran- todo, desde la ley y el orden y las normas de propiedad intelectual hasta la infraestructura y la inversión pública en habilidades e investigación y desarrollo. A cambio, deben invertir en sus comunidades locales, proveedores y mano de obra, no como responsabilidad social corporativa, sino como actividad principal. Claro que cada vez más bienes públicos (globales o no) se generan desde empresas privadas. 

La empresa está en el centro y lo estará aún más, pues la cooperación público-privada va a ser aún más necesaria. Especialmente si como calcula el Banco Interamericano de Desarrollo a partir de los 30 años, un 80% de lo que se aprende, se aprende en el trabajo y se cumple el vaticinio del Foro Económico Mundial de que para 2022, todos deberemos dedicar a estudiar y a aprender cosas nuevas 101 días al año. Si a ello sumamos que la automatización y la Inteligencia Artificial -y por tanto el capital- están ya pesando más, el papel de las empresas y del capital se va a incrementar en la gestión de las transiciones en las que estamos inmersos. Aunque lo público seguirá pesando.
Todo lleva a repensar la empresa tras estos 50 años de prevalencia del pensamiento de Friedman, en unas condiciones y ante unos retos muy diferentes. Equivale a rediseñar el o los capitalismos. Como decíamos al principio, nada garantiza esta transformación. Pero el debate puede resultar creativo y positivo.
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