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Libros
Gonzalo Fernández Ortiz de Zárate / Icaria / En línea
Mercado o Democracia. Los tratados comerciales en el capitalismo del siglo XXI

    


CETA, TISA, TTIP… son solo algunos de los principales tratados comerciales que han salido a la palestra en los últimos años. Estos nuevos acuerdos conforman un fenómeno político que lanza una ofensiva sin parangón en pos de un mercado global autorregulado y ultrarregulado en favor de las empresas trasnacionales.

¿A qué proyecto responde esta nueva oleada de tratados? ¿Qué objetivos persigue? ¿Qué impactos tendrá sobre nuestras vidas? ¿Quiénes la protagonizan? A partir de estas preguntas, escarbando en la maraña de artículos y anexos de cientos de acuerdos, en este libro se sintetizan los patrones comunes que la caracterizan, el hilo conductor que explica su identidad. Este se vincula directamente al proceso de redefinición del capitalismo en el siglo xxi, que tendría un efecto devastador sobre la ya de por sí golpeada democracia y sobre nuestras vidas. Como escribe Amaia Pérez Orozco en el prólogo, se trata de contribuir a la generación de conocimiento comprometido, posicionado, descarnado, que acerque los tratados a nuestra realidad diaria como antídoto ante el miedo, con el ánimo de provocar rebeldía y movilización social frente al sistema vigente.

Huyendo de falsos debates: hay un proyecto Este trabajo nos ayuda a esclarecer que el propio sistema quebrado está recomponiéndose, tiene lo que Gonzalo Fernández denomina «el proyecto del capitalismo del siglo xxi». Cierto es que este «no es homogéneo», sino que tiene agendas «en disputa». De esta forma, encontramos la versión seductora del «capitalismo más universalista y globalizador» y la abiertamente violenta del «capitalismo más unilateralista y reaccionario». Pero igualmente cierto es que ambas persiguen un objetivo común de mercantilización capitalista global y tienen, por tanto, las mismas funestas implicaciones en términos de asedio directo a la vida.

De esta manera, frente al relativo —y puede que coyuntural— abandono de Estados Unidos del capitalismo universalista, y frente a la fuerza económica de China y de sus grandes corporaciones privadas y estatales, la Unión Europea busca desesperadamente espacio para su transnacionales y garantías energéticas y materiales para su patrón de desarrollo. Incluso a costa de que su ansiedad y su fundamentalismo le hagan perder perspectiva política respecto al capitalismo del siglo xxi. Hemos hablado a lo largo del libro sobre la relevancia de la cuarta revolución industrial —mercantilización de datos, inteligencia artificial, sistemas ciberfísicos autónomos— para la reproducción del sistema en las próximas décadas. No obstante, son exclusivamente empresas estadounidenses y chinas quienes controlan la gestión global de los datos, y quienes se verían directamente beneficiadas de nuevos acuerdos que rompan con las trabas nacionales y/o regionales a su comercialización a escala global. En este sentido se produce: La paradoja de que la integración neoliberal global, cuya arquitectura la Unión Europea dice construir en la era Trump mediante la fe ciega en los tratados de libre comercio (como los recientes ceta o jefta), tendrá un grave costo a medio largo plazo: su progresiva desaparición como regulador del tablero global y la cesión de soberanía hacia las empresas de ambos gigantes. (Cancela, 2017) Este es el convulso mundo geopolítico en el que vivimos, marcado sin duda alguna por el colapso ecológico y por la crisis de reproducción capitalista. Bloques corporativo-estatales comdemocracia mercantilizada.indd 149 28/05/2018 11:36:52 150 parten horizontes comunes y parámetros básicos, pero difieren en sus estrategias, ya que la tarta no crece y la disputa se encona. La lucha por la hegemonía —o al menos por no perder espacio económico y político— se concreta en términos de comercio internacional en diferentes enfoques, ritmos e intensidades en favor de la mercantilización capitalista. Si Estados Unidos apuesta por una vía más unilateral, que prioriza la firma de acuerdos bilaterales para hacer valer su poder, China lo hace por una vía más multilateral pero sin un blindaje ultrarregulado como el que propone la nueva oleada, abanderada sin matices por la Unión Europea. Capitalismo universalista o unilateral, en todo caso, disputan espacios con una mirada de medio y largo plazo, sujetos a múltiples cambios electorales posibles. En este sentido, una derrota de Trump en las próximas elecciones presidenciales pudiera inclinar la balanza hacia posiciones multilateralistas, por lo que cualquier escenario que vislumbremos en la actualidad es muy incierto. No obstante, y esto es importante, la disputa entre ambos enfoques de capitalismo, más allá de las coyunturas, ha venido para quedarse. Así, por un lado, y aunque venciera la vía universalista, el capitalismo ya no puede ser ajeno a la necesidad de una base popular de apoyo político al proceso —aún excluyente—, por lo que deberá complementar su apuesta globalizadora con una estrategia estatal, si no quiere sostenerse sobre pies de barro. A su vez, la dominación y expulsión crecientes le impulsan a adoptar mensajes más reaccionarios, ajenos a la agenda de colores neoliberal. Pero si, por el otro lado, se impusiera la vía unilateralista, este no podría regresar a una lógica estrictamente estatal y proteccionista, ya que sus propios capitales, algunos de ellos con enormes intereses en la globalización, no se lo permitirían. Apostamos entonces por una síntesis de ambos enfoques como aquel que seguramente prevalezca en las próximas décadas. Una mezcla que en función de las coyunturas afinará un relato u otro, una estrategia u otra, pero que se moverá siempre en su propio marco de lo posible, marcado por el virulento avance de la mercantilización capitalista.

Ortiz de Zárate, investigador de OMAL-Paz con Dignidad

Aunque cada vez se presta mayor atención al CETA, al TISA o al TTIP, sigue siendo evidente la distancia entre el impacto que la implementación de estos nuevos acuerdos de comercio e inversión tendría sobre nuestras vidas y la relevancia política que movimientos, partidos y sociedad en general les otorgamos. De este modo, no deja de sorprender que esta nueva oleada de tratados no sea una de las prioridades de lucha de nuestras agendas, cuando amenaza con redefinir, desde lógicas mercantiles y reaccionarias, lo que hasta ahora hemos entendido por gobierno, sociedad e incluso democracia.

Esta distancia, no obstante, no es fortuita. Quienes detentan el poder la alimentan para que permanezcamos ajenos y ajenas a las notables transformaciones que estos acuerdos plantean. Amparándose en el secretismo y en la falta de transparencia con la que se realizan las negociaciones, fomentan y difunden una serie de mantras que tratan de evitar que la alarma se encienda entre las mayorías sociales.

En primer lugar, se apuntala la creencia de que los tratados deben abordarse desde una mirada tecnocrática. Estos serían así coto exclusivo de personas expertas, capaces de analizar miles de páginas, artículos y anexos de un lenguaje jurídico críptico y con alto contenido económico, incomprensibles por tanto para el común de los mortales. En segundo término, se abunda en la despolitización de los objetivos que la nueva oleada persigue, posicionando la idea de que simplemente se aspira a una revisión técnica de aquellas barreras que impiden el flujo natural de la inversión y del comercio internacional. Por último, se insiste en que cuanto mayor sea dicho flujo, mejor nos irá a todos y todas, a partir de la ya manida teoría del goteo o derrame: si las grandes empresas aumentan sus ganancias, eso se traduce directamente en inversión y empleo y, por tanto, en bienestar general. De esta manera, se nos recomienda delegar y confiar en una serie de tecnócratas bienintencionados que únicamente persiguen el bien común, en vez de enredarnos en cuestiones complejas y de escala global como la nueva oleada de tratados.

Nada más lejos de la realidad. Cometeríamos un grave error si cayésemos en la trampa de analizar los acuerdos comerciales desde una perspectiva tecnocrática y economicista. Muy al contrario, afirmamos categóricamente que su identidad es profundamente política. Hasta el punto de que juegan un rol fundamental en la agenda que trata de redefinir el proyecto capitalista. Este se encuentra hoy en un momento especialmente crítico, seriamente amenazado por el colapso ecológico en ciernes y por las magras expectativas de aumento de la tasa de ganancia para las próximas décadas. Ante este panorama, se apuesta por extender sin límites el proyecto de la globalización neoliberal, dando la puntilla al modelo de sociedad pergeñado en los años cincuenta y sesenta del siglo pasado. Los parámetros de esta edad de oro del capitalismo aún mantienen cierta vigencia, pero se han convertido en trabas que dificultan en la actualidad la acumulación de capital, por lo que deben ser superados. Se trata de que todo cambie para que nada cambie. Una nueva fase que revise el proyecto económico-político-cultural del capitalismo en este turbulento contexto histórico, siempre con el crecimiento incesante en los mercados globales como referencia.Y es ahí donde los acuerdos se posicionan como hito estratégico, planteándose un objetivo político clave para el proyecto del capitalismo del siglo XXI: impulsar un gobierno de facto de las empresas transnacionales, que posibilite la expansión de un mercado global blindado económica, política y jurídicamente en favor del poder corporativo. La nueva oleada se vincula pues a la recuperación del viejo sueño del mercado autorregulado.

Una autorregulación que, en realidad, oculta un reverso tenebroso de ultrarregulación. Esta supuesta paradoja, en la que se aúna un imaginario de libertad absoluta con otro de estricta intervención, no es tal en el marco del proyecto que abandera la nueva oleada. Las grandes empresas operarían de esta manera con plena autonomía (autorregulación), dentro de un marco jurídico-político que cercaría, impediría, penalizaría y amenazaría cualquier atisbo de injerencia democrática en las dinámicas de los negocios y los mercados globales (ultrarregulación). Aires de libertad en una partida completamente amañada a favor de las grandes empresas, y los tratados de comercio e inversión en el papel de crupier que reparte cartas marcadas.

Para llevar a cabo esta ambiciosa apuesta, la nueva oleada asume la tarea de hacer avanzar ese mercado auto-ultrarregulado a partir de una especie de constitución económica global. Esta, sin refrendo popular alguno y sin concretarse en documentos ni articulado específico, se impondría política y jurídicamente al conjunto de normativa vigente, tanto la internacional como la de carácter local. Se trataría así de una legislación de rango superior, de alta exigibilidad, eficacia y justiciabilidad, que define prioridades y acota el marco de lo posible, posicionando una serie de valores incuestionables derivados de la lógica económica capitalista.

Los tratados comerciales tributarían a esta constitución económica por una doble vía. Por un lado, se convierten en el centro de su articulado, enmarañado y disperso, pero situado en la cima de la pirámide legislativa global. Por el otro, con ellos se pretende implantar una nueva forma de gobernanza corporativa mundial en desmedro de las instituciones públicas, que garantice el avance y asegure el cumplimiento de dicha carta magna corporativa.

Así, en primer lugar, la nueva oleada redefine y amplía el concepto de comercio internacional. A pesar de los diferentes matices de cada acuerdo concreto, la gran mayoría abunda en la mercantilización a escala global de nuevos ámbitos como los servicios, la compra pública, la inversión, los bienes naturales, las finanzas o el comercio digital, todavía no integrados plenamente en esta lógica. A su vez, eleva ciertos principios a un carácter cuasi-bíblico, convertidos en mandamientos incuestionables: la seguridad de las inversiones por encima de los derechos de los pueblos; las expectativas legítimas empresariales como prioridad frente al mandato popular; el igual trato para corporaciones de tamaño y poder profundamente desigual, por poner solo algunos ejemplos.

En segundo término, se pretende transformar la estructura de gobernanza a escala mundial. Se altera el procedimiento público de toma de decisiones, que ahora debería incorporar la participación de una serie de nuevas entidades multilaterales definidas en cada acuerdo. Estas ponen su enorme peso político al servicio de la convergencia reguladora de los territorios implicados; esto es, de la armonización de normativas en la lógica de facilitar el acceso al mercado. En definitiva, de hacer cumplir la constitución económica, considerando todo tipo de legislación laboral, ambiental y social como traba al comercio. Por si esto fuera poco, la presencia de estas entidades de gran capacidad legislativa y ejecutiva se complementa con la generalización de fórmulas de protección de las inversiones. Estas posicionan una justicia privatizada, paralela a la pública y con una gran capacidad coercitiva y punitiva. Únicamente las corporaciones tienen la potestad de denunciar a los Estados en estos tribunales ad hoc, exigiendo compensaciones millonarias en caso de ver lesionados sus intereses y beneficios, presentes y futuros.

De este modo, si la nueva oleada de tratados alcanzara sus metas, se amputarían notablemente las capacidades legislativas, ejecutivas y judiciales de las instituciones públicas, dando un salto exponencial en una tendencia que ya se inició en los años ochenta. Eso entronizaría definitivamente a las empresas transnacionales como protagonistas políticas globales. Estas no solo habrían logrado situar sus propuestas como una armadura jurídica inexpugnable y metapolitizada, relegando a simple retórica las legislaciones nacionales y el marco internacional de derechos humanos, escasamente eficaces y justiciables. También participarían activamente en la toma de decisiones incidiendo sobre las estructuras de convergencia reguladora, gozando además a nivel global —ya lo hacen en el marco de tratados bilaterales de inversión— de una justicia a su servicio, de uso exclusivo y de gran capacidad punitiva, que rompe con todo principio de igualdad ante la ley.

Estados, organismos multilaterales, estructuras regionales, grandes corporaciones y otros agentes seguirían formalmente actuando en el modelo de gobernanza disperso, híbrido y sin centro operativo que se ha ido pergeñando durante el proceso de globalización neoliberal. No obstante, serían las multinacionales quienes realmente pescarían en este río revuelto, al ser capaces de imponer la ley, tomar parte en su ejecución y gozar además de una justicia de parte que la haga cumplir. Se convertirían así en gobierno de facto, bajo un imaginario de soberanías compartidas.

Asistimos por tanto a una ofensiva capitalista que, a través de la nueva oleada de tratados comerciales, apunta contra los mínimos democráticos aún vigentes, el interés general, lo público y lo común. La democracia se mercantiliza, se jibariza, relegada a la gestión de los restos que no interesan a los mercados. Su radio de acción comenzaría allí donde acaban los negocios, ya explícitamente y sin subterfugios. La tensión entre capitalismo y democracia se escora finalmente hacia el primero; los acuerdos de comercio son la carga explosiva que hace saltar por los aires a la segunda.

Este es un extracto del libro “Mercado o Democracia. Los tratados comerciales en el capitalismo del siglo XXI”. Puede descargarse la publicación completa aquí >>

Título: Mercado o democracia
Subtítulo: Los tratados comerciales en el capitalismo del siglo XXI
Autor: Gonzalo Fernández Ortiz de Zárate
Editorial: Icaria
Colección: Más Madera, 143
ISBN: 978-84-9888-849-2
Año publicación: 2018
Páginas: 168 pp.

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