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Empleo y Formación
Desde el Consejo Editorial de Ibercampus.es
El punto cero del talento 

    


La explicación más socorrida del desempleo en España, o al menos la única en la que la mayoría de los analistas sea cual sea su color político o su escuela económica están completamente de acuerdo, es el deficitario nivel de formación de los profesionales. Es decir, nosotros. No es algo que pretenda cuestionar en este artículo, pero sabéis que me gusta ir un poco más allá de los lugares comunes, sobre todo cuando afectan a la vida y decisiones de millones de personas.

 Por algo esta newsletter se llama como se llama (Beyond The HypeUn análisis crítico sobre el presente y el futuro del empleo en la Cuarta Revolución Industrial).

La educación, igual que el amor, es una etapa por la que todos pasamos con diferentes resultados, unos más estandarizados que otros. Pero mientras por el amor pasamos más de una vez –hay quien dice que el primero es el definitivo, pero me parece una afirmación más idealizada que estadística–, en el caso de la educación parece que con una vez ya hemos cumplido.

No hay más que ver la abismal diferencia entre el número de alumnos de formación académica –que suele terminar alrededor de los 25 años, encadenado todas las variantes de la educación superior– y los de las múltiples opciones de formación continua que, para entendernos, voy a definir como la que se desarrolla cuando uno ya está trabajando –o buscando empleo–.

Sobre esta última y varios de los mitos edadistas que la rodean ya escribí hace un par de meses en este artículo –pinchad en la animación si queréis leerlo–. 

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Pero hoy me quiero centrar un poco en la empleabilidad de los titulados superiores. Y no me refiero a los jóvenes, sino a todos los que hemos pasado por una universidad. 

Más que nada porque hay una reforma universitaria en marcha que tiene como foco de debate la preparación de nuestros universitarios para el mercado laboral. 

¿'TITULITIS'? MÁS BIEN MIEDO AL PARO

Para ello he tirado, una semana más, de Encuesta de Población Activa. Y lo primero que salta a la vista es este gráfico. 

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Es bastante concluyente: estudiar una carrera, un doctorado o un máster te da más oportunidades de empleo. 

Aunque hay algunas preguntas que podemos hacernos. Por ejemplo, ¿qué pasa con la Formación Profesional? ¿Cómo puede tener la misma tasa de paro que los se quedan en el bachillerato –secundaria superior con orientación general–?

Hay muchas voces, sobre todo del ámbito académico, que nos recuerdan que el objetivo de la Universidad va más allá de “simplemente” formar para encontrar empleo. Es un pilar de la investigación y la innovación, que en estos momentos son especialmente necesarios.

El problema si nos fijamos en esta tasa de paro, es que la formación diseñada específicamente con el objetivo utilitario de lograr un trabajo, no lo cumple. 

No es porque que los alumnos lo rechacen por “prestigio” o titulitis, sino porque existe un gap entre formación y mundo laboral que hace que la Universidad, en España, asume en solitario el papel que debería compartir con la FP.

La cuestión es hasta cuándo podrá seguir haciéndolo. 

¿UNA RECUPERACIÓN AGOTADA?

Habréis observado que la serie histórica de este gráfico se retrotrae hasta 2014. Ese fue el año en el que se empieza a hablar unánimemente de recuperación en España tras las Gran Recesión. Un proceso acompañada por múltiples reformas laborales, económicas y educativas.

Así que para mostrar su impacto voy a analizar los datos de desempleo según niveles educativos desde otro punto de vista: como la variación del número de parados de cada trimestre respecto al “punto cero” del primer trimestre de 2014.

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Sorprende que los niveles educativos más bajos hayan resistido mejor y se han mantenido más alejados, del punto cero que la educación superior.

Esto se podría explicar porque en siete años el número de parados ha mejorado su nivel medio de formación –es decir, hay menos personas con sólo educación primaria o secundaria y más con la superior–. 

Lo que no explica tan sencillamente es que ya antes de la pandemia –a partir de 2019– la mejoría del desempleo en el nivel superior de educación se hubiera empezado a invertir.

Esto sólo confirma que ya la desaceleración económica previa a la irrupción del coronavirus apuntaba a los profesionales mejor preparados.

BREVE HISTORIA DEL SUBEMPLEO 

Pero la educación superior no se considera sólo una garantía de tener empleo, sino de tener un mejor empleo. ¿Y esto se cumple? 

Os propongo un ejercicio muy simple: comparar la evolución, según nivel educativo, del número de subempleados; es decir, los profesionales que quieren trabajan menos horas de lo que necesitan para ganarse la vida.  

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En este gráfico, a diferencia del anterior, he utilizado valores absolutos. Aunque esta decisión tiene sus peros, me ha parecido relevante para ilustrar el hecho que las personas con título universitario sumaban el mayor número de subempleados desde antes de la pandemia. Ahora todavía más. 

¿Y qué significa este hecho?

¿DEMASIADOS UNIVERSITARIOS? 

La idea de que hemos llegado a un límite de titulados superiores que nuestro mercado laboral, con su modelo productivo de servicios y turismo de sol y playa, puede absorber, no es nueva.

La cuestión es si es correcta o sólo otro tópico del que tiramos para ocultar otros factores.

Este ultimo gráfico vuelve al ejercicio de referirnos a 2014 como un punto cero para ver cómo han evolucionado las cosas desde entonces. 

Pero con un matiz: ahora comparo la evolución de parados, ocupados, inactivos y subempleados sólo de los titulados superiores.

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¿Conclusiones? Yo voy a destacar 3.

  1. La más sorprendente quizá sea que los inactivos se han disparado desde 2014, empujado por la pandemia. Pero ya en 2019 subían más que los ocupados.
  2. El paro ha descendido de una forma equivalente a la subida de la ocupación, prácticamente un 25% cada uno.
  3. Los subempleados son los que más regresan al punto 0, con un 11,7% de diferencia en el primer trimestre de 2021, la más baja desde 2016.    

Es decir, seis años después de la crisis financiera tenemos un mercado laboral capaz de crear empleo y reducir el paro de los titulados superiores –lo cual implica que hay demanda– pero con una precariedad en ascenso que desanima a cada vez más profesionales y les señala la puerta de salida del mercado laboral.

La cuestión de cualquier reforma laboral, financiera o educativa a partir de ahora debería ser corregir estas tendencias. 

Hay que conseguir una FP eficaz, pero también unas universidades más eficientes para cumplir sus objetivos de innovación pero que también preparen a los profesionales para la demanda laboral real.

Esta es la gran asignatura pendiente que impide que la formación superior sea un blindaje contra el paro, la precariedad y el desánimo. Y que lleva a que la tendencia de recuperación desde la Gran Recesión se frenara ya antes de la pandemia. El virus sólo la agrava. 

Si el talento mejor preparado de España sucumbe, significa que el gran paquete de reformas prometidas puede ser nuestra última oportunidad de hacerlo bien.

 

Imagen de portada de la newsletter

 

La explicación más socorrida del desempleo en España, o al menos la única en la que la mayoría de los analistas sea cual sea su color político o su escuela económica están completamente de acuerdo, es el deficitario nivel de formación de los profesionales. Es decir, nosotros.

No es algo que pretenda cuestionar en este artículo, pero sabéis que me gusta ir un poco más allá de los lugares comunes, sobre todo cuando afectan a la vida y decisiones de millones de personas. Por algo esta newsletter se llama como se llama.

La educación, igual que el amor, es una etapa por la que todos pasamos con diferentes resultados, unos más estandarizados que otros. Pero mientras por el amor pasamos más de una vez –hay quien dice que el primero es el definitivo, pero me parece una afirmación más idealizada que estadística–, en el caso de la educación parece que con una vez ya hemos cumplido.

No hay más que ver la abismal diferencia entre el número de alumnos de formación académica –que suele terminar alrededor de los 25 años, encadenado todas las variantes de la educación superior– y los de las múltiples opciones de formación continua que, para entendernos, voy a definir como la que se desarrolla cuando uno ya está trabajando –o buscando empleo–.

Sobre esta última y varios de los mitos edadistas que la rodean ya escribí hace un par de meses en este artículo –pinchad en la animación si queréis leerlo–. 

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Pero hoy me quiero centrar un poco en la empleabilidad de los titulados superiores. Y no me refiero a los jóvenes, sino a todos los que hemos pasado por una universidad. 

Más que nada porque hay una reforma universitaria en marcha que tiene como foco de debate la preparación de nuestros universitarios para el mercado laboral. 

¿'TITULITIS'? MÁS BIEN MIEDO AL PARO

Para ello he tirado, una semana más, de Encuesta de Población Activa. Y lo primero que salta a la vista es este gráfico. 

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Es bastante concluyente: estudiar una carrera, un doctorado o un máster te da más oportunidades de empleo. 

Aunque hay algunas preguntas que podemos hacernos. Por ejemplo, ¿qué pasa con la Formación Profesional? ¿Cómo puede tener la misma tasa de paro que los se quedan en el bachillerato –secundaria superior con orientación general–?

Hay muchas voces, sobre todo del ámbito académico, que nos recuerdan que el objetivo de la Universidad va más allá de “simplemente” formar para encontrar empleo. Es un pilar de la investigación y la innovación, que en estos momentos son especialmente necesarios.

El problema si nos fijamos en esta tasa de paro, es que la formación diseñada específicamente con el objetivo utilitario de lograr un trabajo, no lo cumple. 

No es porque que los alumnos lo rechacen por “prestigio” o titulitis, sino porque existe un gap entre formación y mundo laboral que hace que la Universidad, en España, asume en solitario el papel que debería compartir con la FP.

La cuestión es hasta cuándo podrá seguir haciéndolo. 

¿UNA RECUPERACIÓN AGOTADA?

Habréis observado que la serie histórica de este gráfico se retrotrae hasta 2014. Ese fue el año en el que se empieza a hablar unánimemente de recuperación en España tras las Gran Recesión. Un proceso acompañada por múltiples reformas laborales, económicas y educativas.

Así que para mostrar su impacto voy a analizar los datos de desempleo según niveles educativos desde otro punto de vista: como la variación del número de parados de cada trimestre respecto al “punto cero” del primer trimestre de 2014.

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Sorprende que los niveles educativos más bajos hayan resistido mejor y se han mantenido más alejados, del punto cero que la educación superior.

Esto se podría explicar porque en siete años el número de parados ha mejorado su nivel medio de formación –es decir, hay menos personas con sólo educación primaria o secundaria y más con la superior–. 

Lo que no explica tan sencillamente es que ya antes de la pandemia –a partir de 2019– la mejoría del desempleo en el nivel superior de educación se hubiera empezado a invertir.

Esto sólo confirma que ya la desaceleración económica previa a la irrupción del coronavirus apuntaba a los profesionales mejor preparados.

BREVE HISTORIA DEL SUBEMPLEO 

Pero la educación superior no se considera sólo una garantía de tener empleo, sino de tener un mejor empleo. ¿Y esto se cumple? 

Os propongo un ejercicio muy simple: comparar la evolución, según nivel educativo, del número de subempleados; es decir, los profesionales que quieren trabajan menos horas de lo que necesitan para ganarse la vida.  

No hay texto alternativo para esta imagen

En este gráfico, a diferencia del anterior, he utilizado valores absolutos. Aunque esta decisión tiene sus peros, me ha parecido relevante para ilustrar el hecho que las personas con título universitario sumaban el mayor número de subempleados desde antes de la pandemia. Ahora todavía más. 

¿Y qué significa este hecho?

¿DEMASIADOS UNIVERSITARIOS? 

La idea de que hemos llegado a un límite de titulados superiores que nuestro mercado laboral, con su modelo productivo de servicios y turismo de sol y playa, puede absorber, no es nueva.

La cuestión es si es correcta o sólo otro tópico del que tiramos para ocultar otros factores.

Este ultimo gráfico vuelve al ejercicio de referirnos a 2014 como un punto cero para ver cómo han evolucionado las cosas desde entonces. 

Pero con un matiz: ahora comparo la evolución de parados, ocupados, inactivos y subempleados sólo de los titulados superiores.

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¿Conclusiones? Yo voy a destacar 3.

  1. La más sorprendente quizá sea que los inactivos se han disparado desde 2014, empujado por la pandemia. Pero ya en 2019 subían más que los ocupados.
  2. El paro ha descendido de una forma equivalente a la subida de la ocupación, prácticamente un 25% cada uno.
  3. Los subempleados son los que más regresan al punto 0, con un 11,7% de diferencia en el primer trimestre de 2021, la más baja desde 2016.    

Es decir, seis años después de la crisis financiera tenemos un mercado laboral capaz de crear empleo y reducir el paro de los titulados superiores –lo cual implica que hay demanda– pero con una precariedad en ascenso que desanima a cada vez más profesionales y les señala la puerta de salida del mercado laboral.

La cuestión de cualquier reforma laboral, financiera o educativa a partir de ahora debería ser corregir estas tendencias. 

Hay que conseguir una FP eficaz, pero también unas universidades más eficientes para cumplir sus objetivos de innovación pero que también preparen a los profesionales para la demanda laboral real.

Esta es la gran asignatura pendiente que impide que la formación superior sea un blindaje contra el paro, la precariedad y el desánimo. Y que lleva a que la tendencia de recuperación desde la Gran Recesión se frenara ya antes de la pandemia. El virus sólo la agrava. 

Si el talento mejor preparado de España sucumbe, significa que el gran paquete de reformas prometidas puede ser nuestra última oportunidad de hacerlo bien.

Beyond The Hype 
 Por Javier Esteban
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